IDEAS

Aprendiendo liderazgo de la mano del Dalái Lama

Un colombiano tuvo el privilegio de compartir de cerca con el Dalái Lama y ahora comparte lo aprendido con CUMBRE.

Por David Salas*


“Realmente espero y quiero que cada uno de ustedes sea el Dalái Lama”. Con esta frase Tenzin Gyatso, decimocuarto Dalái Lama, dirigente espiritual y político del Tíbet y Premio Nobel de Paz, respondió a mi pregunta de: “¿qué necesitamos para que haya más ejemplos de paz como él en el mundo?”. Su respuesta es una muestra de cómo los más altos líderes del planeta están viendo el cambio en las estructuras de liderazgo y de poder. Donde se está pasando la responsabilidad de los roles más importantes y urgentes a todos, a nosotros ‘los mortales’, no a un solo líder o caudillo. Se están poniendo a prueba todas las ideas previas que teníamos de cómo el poder pertenecía a algunos pocos privilegiados, un sólo Dalái Lama, y ahora pasa a manos de muchos. Pues según él mismo, todos podemos ser Dalái Lama.

Tuve la fortuna de compartir dos días con este ejemplo de liderazgo para el mundo. La experiencia fue profundamente educativa, pues él, en medio de una gran posición, donde muchos le dicen “Su Santidad”, hacía que estar a su lado fuera tan cómodo que me sintiera como en casa. De hecho fue tan así que al estar allí le dije: “al conversar con usted me siento hablando con mi abuelita”, a lo que él respondió con una gran sonrisa y con una mirada burlona que resultó siendo aún más parecido a mi abuela.

Lo más interesante es que durante ese tiempo el Dalai Lama no impuso un camino claro sobre cómo debemos vivir nuestras vidas, ni tampoco hizo énfasis en que el budismo, su religión, es el molde con el que el mundo debe vivir. De hecho hasta cuando salí de la reunión recordé que acaba de hablar con uno de los hombres más influyentes del mundo, que inclusive había recibido un Nobel. Su conversación estuvo más orientada a escuchar lo que le decíamos, a responder con lo que sabía y a aceptar cuando no sabía. Tal vez lo que más me gustó de estar allí fue entender que se puede ejercer liderazgo sin usar la autoridad de forma permanente.

El liderazgo está tomando un nuevo norte. Hasta ahora muchos estudios y expertos dirigieron sus apuestas a dos visiones que me parecen que no necesariamente han sido tan acertadas para el mundo moderno; un mundo que incluye una generación que valora enormemente la libertad – inclusive por encima del dinero – y la posibilidad de conectar con personas de todas partes del globo a través de la tecnología.

Primera visión: el liderazgo es definido como la posición de autoridad o una estructura social. Esta visión asume que quien tiene una posición alta dentro de una jerarquía, por ejemplo los jefes o políticos, son los únicos que pueden ejercer el liderazgo. Limitando la participación y el cambio a sólo algunos pocos.

Segunda visión: los líderes tienen unas características que los hacen especiales, es decir, se define el liderazgo como una serie de atributos, sólo quien los tenga, puede liderar. Esta visión propone que deben existir condiciones ideales para la generación de cambio, entonces esto significa que se deben cumplir con muchos pre-requisitos antes de que las personas puedan intentar hacer algo diferente en su entorno.

Estas dos visiones restringen el liderazgo a una herramienta de pocos, por un lado de los que pueden alcanzar cargos de autoridad, por ejemplo heredados, y por otro de aquellos que pueden tomar los estudios necesarios para cumplir o desarrollar determinadas características, por ejemplo sólo aquellos con carreras universitarias o posgrados.

¿Pero entonces dónde quedamos todos los demás?

La revolución de las ideas

Es común escuchar que “las cosas ya no son como antes”. Y esto me alegra más de lo que me entristece. Uno de los grandes factores que influye en los cambios que emergen en este siglo corresponde a que buena parte del conocimiento mundial pasó de ser un bien privado a ser de acceso público. Casos paradigmáticos como el surgimiento de archivos de fácil distribución como lo son los MP3 o MP4, o la aparición de buscadores como Google y de las redes sociales, han planteado una nueva forma de creación y difusión de conocimiento. Este último, a su vez, se vuelve disponible para quien lo desee, de manera inmediata y con la posibilidad de usarlo de múltiples formas.

Pero la insurrección va más allá de los medios de contención de información. Las barreras para crear, acceder y difundir información útil son cada vez más pequeñas cuando hablamos de prácticas para cambiar el mundo. Un gran ejemplo son las charlas TED, las cuales, según su curador, Chris Anderson, están diseñadas para que puedan ser protagonizadas por diversidad de oradores en cuanto a edad, preferencia política o religiosa, experiencia o nivel educativo, pues más allá de buscar expertos, la misión de estas charlas “es hacer llegar a las mentes de sus oyentes un regalo extraordinario, algo extraño y hermoso que llamamos: idea”. Y esas ideas son provocadoras, ya que según el mismo Anderson “si son comunicadas correctamente, pueden cambiar, para siempre, la forma de alguien de pensar el mundo y dar forma a sus acciones actuales y futuras. Las ideas son la fuerza más poderosa para modelar la cultura humana.”.

Estas ideas son las que marcan un paso gigante para que la transformación social ya no sea únicamente responsabilidad de pocos, ni tampoco que sea propiedad de las voces con experiencia o exclusiva de grandes organizaciones. Este poder de cambiar nuestro status quo se distribuye entonces en los diferentes miembros de la sociedad, y se materializa a través de sus ideas.

Según Moíses Naím, autor del libro El fin del poder, estamos pasando por un momento histórico donde el dominio de mega-jugadores se ve retado por el surgimiento de nuevos micro-poderes. La bancarrota de Blockbuster en 2010, la revolución egipcia de 2011, y hasta la renuncia de Benedicto XVI en 2013, nos muestran cómo las instituciones tradicionalmente sólidas han visto que ser autoridad religiosa, empresarial o política no es suficiente para ejercer y mantener liderazgo en la sociedad del siglo XXI.

Liderazgo, ensayo y error

Para que haya una verdadera revolución de las ideas se necesita liberar los bloqueos que las impiden, uno de ellos es el ‘complejo de Dios’. Según Tim Harford, autor del libro Adaptarse: ¿por qué el éxito siempre comienza con el fracaso?, este complejo se define como una enfermedad de la que sufren los expertos o personas que consideran que su experiencia es válida en cualquier entorno, sin importar si es cambiante o lleno de incertidumbre; es la característica principal de individuos, usualmente en posiciones de autoridad, que están absolutamente convencidas de entender cómo funciona el mundo.

Afortunadamente este problema es superable, pero además el extraño mundo en el que nos movemos donde “no todo es como antes” necesita que lo superemos. Según el mismo Harford hay una forma de hacerlo y es a través de un método sencillo, partiendo de una actitud humilde, reconociendo conscientemente nuestra posibilidad de fallar. Este método es el ensayo y el error. ¿Y por qué no asumir así los grandes problemas del mundo? ¿Qué tal si alejamos el liderazgo del complejo de Dios?

Según Maite Careaga, directora del Centro de Liderazgo Público de la Universidad de los Andes, el liderazgo es una actividad que cualquier persona puede llevar a cabo, pues no depende de las posiciones o las características personales sino de las acciones que realizan las personas. Esta idea permite notar que con las habilidades existentes, sin esperar las ideales, todos pueden ejercer liderazgo. Y además éste se puede realizar desde todo tipo de posiciones sociales.

Lo anterior significa que bajo esta visión, el liderazgo se basa en acciones humanas, e implica que, en medio de la complejidad del mundo, estas acciones tienen resultados inesperados: efectos positivos, neutros o negativos. Sugiere entonces que la naturaleza fundamental del liderazgo es que es falible, ya que se basa en una lógica de ensayo y error. Ensayo y error que puede venir de las mentes más versadas, como expertos, y menos conocedoras, como niños. Unos más atinados que otros por su experiencia, sin embargo con igual posibilidad de ejercerlo a través de acciones y de cometer errores.

Autoridad limitada y el liderazgo desde el error

Esta visión desde el error deriva en que el uso de la autoridad (y la experiencia) sea limitada pero necesaria en la medida que puede ser usada para avalar avances en el entorno, al igual que contener y orientar los errores para que no se recaiga en la anarquía – donde no se podría encontrar avance ni propósito conjunto. Igualmente es necesario el conocimiento experto o desde la autoridad, para agregar valor a los problemas donde las ideas del pasado pueden ser reutilizadas, donde se requiere una visión que sabe qué se debe hacer. Esto ocurre generalmente en medio de desafíos técnicos, que según los autores Ronald Heifetz y Marty Linsky, son situaciones donde se pueden usar soluciones ya probadas.

La decadencia del poder y la información centralizada produce micropoderes, más que grandes súper jugadores. Esa distribución de poder genera una nueva era de posibilidades en medio de entornos de incertidumbre, donde todos podemos cometer y corregir nuestros errores. Esto invita a evaluar nuestras habilidades y relacionarlas con valores como la valentía para lanzarnos a probar, creatividad para experimentar, el pensamiento crítico para corregirnos a partir de la información que nos da el entorno y, finalmente humildad, para reconocer que el complejo de Dios está siempre ahí, hasta cuando nuestros resultados nos llevan a creer que nuestra solución y nuestro liderazgo es infalible. Todo esto mientras disfrutamos el camino de ser humanos, el placer de errar para avanzar.

Y finalmente, en medio del camino donde todos podamos ser el Dalai Lama, donde todos podemos cometer errores en pro de nuestro avance conjunto, nos propongamos a usar sus poderosas ideas de amor y compasión:

En términos simples, la compasión y el amor se pueden definir como pensamientos y sentimientos positivos que dan lugar a cosas tan esenciales en la vida como la esperanza, el coraje, la determinación y la fortaleza interior… [L]a compasión y el amor se consideran dos aspectos de la misma cosa: la compasión es el deseo de que otro ser esté libre del sufrimiento; el amor es querer que tengan felicidad.” Dalái Lama

*David Salas es cofundador de la fundación Somos CaPAZes y profesor del Centro de Liderazgo de la Universidad de los Andes.

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