HISTORIAS

Camino al Everest

Cuando Luisa Acevedo tomó la decisión de ir al Everest pensaba que escalar la montaña más alta del mundo la cambiaría definitivamente. Lo que nunca esperó fue que el camino y no el destino la transformaría para siempre.

Por Luisa Acevedo*


El liderazgo y las montañas son dos temas que me apasionan. Las montañas porque son la manifestación de mi ser más esencial: representan libertad, conexión, asombro, sentirme parte de un todo; me hacen recordar que soy una minúscula partícula en un planeta lleno de interdependencias y me obligan a ser humilde. El liderazgo, por su parte, ha sido una virtud que he aprendido y cultivado en mi vida académica, deportiva, social y profesional.

Aunque el Everest es protagonista de esta historia, este no es un relato heroico de una aventura en el Himalaya. Esta reflexión no está escrita desde la conquista de la montaña, para eso hay relatos, libros y escritores con historias más apasionantes que la mía. Quiero escribir sobre el proceso, pues mi verdadero Everest empezó cuando comprendí la importancia de tomar minúsculas decisiones que finalmente me llevaron a cumplir el sueño.

 A finales de los 90´s, Santiago, mi mejor amigo, decidió emprender un exótico viaje a Nepal. Con la poca plata que su bolsillo de estudiante podía permitirle, había planeado caminar desde Lukla hasta el campamento base del Everest. Al regresar a Colombia, me mostró orgulloso sus alucinantes fotos de la gente nepalí, porteadores que cargan en su espalda decenas de kilos por la alta montaña, puentes colgantes que atraviesan abismos desde los cuales se pueden ver caudalosos ríos con descomunales piedras. Grabé en mi memoria cada una de las imágenes y sobretodo una, la del Ama Dablam, una montaña al este del país que los locales ven como la madre que protege a sus hijos. Fue Santiago quien sembró en mi el sueño de conocer algún día esa cordillera sin igual de los Himalayas.

Veinte años después caminaba por Chingaza un sábado lluvioso; decidí salirme de la ruta principal para encontrar un lugar donde sentarme a contemplar la montaña. Súbitamente, llegó una pregunta: ¿quieres ir al Everest? Continué en silencio, observando con curiosidad de dónde venía esta pregunta y a la vez intentando sentir si vendría acompañada de alguna respuesta. Estaba concentrada meditando en silencio cuando interrumpió mi contemplación un oso de anteojos. Mi emoción fue tal, que no podía creer que fuera cierto; había oído que en el parque hay osos de anteojos y cóndores, pero una cosa es oírlo y otra verlo. Me dejé llevar por la magia e interpreté esta aparición como una señal clara de la respuesta: ¡SÍ!  pero no un ‘sí, quiero ir al Everest’, sentí que era más un ‘sí, quiero vivir plena y conscientemente hoy’.

¿Desde dónde pregunto?

Cuando nos hacemos preguntas solemos obviar el marco desde el cual estamos preguntando. Asumimos que si vamos a un médico es evidente que nos pregunte de qué estamos enfermos; si estamos en una junta, qué necesitamos resolver. Pero ¿qué hay de esas preguntas acerca de lo que funciona? ¿en nuestras relaciones? ¿en nuestro trabajo? ¿en nuestras comunidades? ¿de qué nos sentimos orgullosos? ¿qué hace que algunos individuos tengan éxito, satisfacción, plenitud? ¿qué explica las organizaciones que florecen? ¿qué hace a los líderes diferentes y dignos de emular?

Las preguntas que nos hacemos crean la realidad en la que vivimos pues definen el marco de nuestro pensamiento. Las mejores preguntas y sobretodo las mejores respuestas en mi vida han venido de tomar la minúscula pero fundamental decisión de no hacerme las mismas preguntas, de no seguir la carretera principal, el camino que todos recorren y que con seguridad nos lleva a la salida del parque, pero nunca al Everest.

Después de evaluar varias opciones, decidí hacer el viaje con una compañía profesional de escaladores que llevan décadas haciendo estas expediciones. Sabía que me iba a sentir respaldada, iría con guías expertos, tendría alojamiento asegurado y, en caso de necesitarlo, asistencia médica. He practicado escalada en roca, trail running, paracaidismo, montañismo, he vivido en diferentes ciudades, experimentado diferentes culturas, estudiado diversas disciplinas y, aunque en apariencia suene como si fuera una de esas personas arriesgadas a la que le gusta vivir con adrenalina, no hay nada más lejano; me gusta sentirme viva, soy curiosa y observadora pero tengo claro que cada vez que experimento algo nuevo, indago, planifico, anticipo de forma que pueda vivir mis aventuras sintiéndome segura.

Conocerse

Hay mil formas de liderar; identificar la propia requiere pasar por el proceso de conocerse a uno mismo: ¿qué tan cómodo me siento actuando desde el instinto o desde la intuición? ¿cuál es mi apetito al riesgo? ¿qué tan disruptor soy? ¿qué tan estructurado o que tan flexible? Por supuesto que cualquier literatura de liderazgo va a sugerir que un líder debe ser visionario, corajudo, humilde, flexible, empático, confiable, colaborativo, asertivo, pero ¿acaso soy todo eso? Incluso ¿puedo llegar a serlo? ¿cómo puedo ser un líder coherente si me paso el tiempo intentando ser el tipo de líder que se supone debo ser en lugar de ser quien soy? Pretender ser perfecto para todos es el camino más corto para no serlo para nadie.

A la mañana siguiente recibí un formulario en donde se me pedía llenar unos datos personales y hacer un pago por 500 dólares. Como suelo hacerlo cuando estoy emocionada, lo llené de inmediato y realicé el pago, reservando así mi cupo.

Pasados unos días recibí otra solicitud en donde se me pedía enviar una copia de mi pasaporte y diligenciar los datos de dos personas a quienes pudieran contactar en caso de emergencia. Cuando me propongo retos importantes, estos pasan de ser una simple idea a convertirse en un compromiso personal en el momento en que los comparto con quienes me importan.  Los datos de contacto que a veces nos piden son realmente relevantes, pero, como nos pasamos la vida obviando lo cotidiano, respondemos automáticamente. Esta vez no fue así, me detuve a pensar: ¿con qué dos personas quisiera compartir este sueño? ¿a quienes puedo contar que me voy al Everest sin que empiecen a advertirme sobre lo absurdo que es hacer este viaje, lo peligroso, lo frío, lo incomodo, lo lejos y que por el contrario me animen y apoyen? Se acababan de ‘subir’ con entusiasmo a mi viaje Juan y Carolina.

Empatía

Los sueños pasan de ser meras ideas a ser retos cuando los compartimos con otros porque se multiplica la intención, se comparte la emoción, y porque los seres humanos somos homus empaticus, vivimos de la empatía y necesitamos la solidaridad para tener valor, para reforzar el sentido, incluso para sentirnos acompañados en la locura.

Como ya parecía costumbre, a la semana llegó un nuevo mail: “favor diligenciar las siguientes preguntas para que nos permita conocer su estado de salud”. En este punto podría parecer que tanto formulario y tanto trámite resultarían aburridos pero los experimenté de otra manera. Como en la anterior ocasión, me hice las preguntas a conciencia, respondí una a una las 4 páginas y las envié. La sensación que me dejó este nuevo ejercicio fue de seguridad: no había tenido enfermedades crónicas, no me habían practicado cirugías, no tenía ninguno de los síntomas o riesgos: ¡era apta para irme!

Pero claro, estar sana no es sinónimo de estar en forma para subir al Everest, por lo que solo unos días después me llegó un mail con todas las recomendaciones sobre posibles planes de entrenamiento que serían recomendables para preparar el viaje. Ahora tendría que ir a buscar un entrenador con el cual salir a las montañas y practicar entre semana. Empecé a contarle a más personas sobre mi viaje y me daba cuenta que entre más contaba, más sugerencias, consejos, entrenadores y tips me llegaban; entre ellos, conté con la suerte de toparme con un grupo maravilloso de gente que ama las montañas y que son atletas con muchos años de experiencia. Empecé a entrenar todos los días, a las 4:40 de la mañana estaba levantándome para salir de mi casa al encuentro de ellos.

Momentum

Los sueños compartidos se vuelven planes, y los planes los materializamos dando un primer paso: hay que llenar ese primer formulario y luego el siguiente y el siguiente.

Una vez uno se cree capaz de lograr esa gran meta, no hay vuelta atrás: empieza a buscar con persistencia y empiezan, por su parte, a aparecer recursos, personas, el conocimiento necesario y por supuesto, se acaban las excusas.

Entrené durante ocho meses diariamente incluidos sábados y domingos. Había días en los que no quería levantarme y aun así salía a entrenar. Tener clara la meta y haberme comprometido conmigo y con otros, hacía que mi voluntad se fuera fortaleciendo tanto como mis músculos. Cuando uno lee las historias de montañistas famosos, los libros distan mucho de ser historias llenas de felicidad; por el contrario, los relatos vienen acompañados de esfuerzos, de sobresaltos casi insuperables, de hombres y mujeres que logran vencer una y otra vez los imposibles. Son historias emocionantes y temerosas a la vez, conllevan riesgo, auto exigencia y obstinación.

El propósito del esfuerzo

Pensamos que los logros son sinónimo de felicidad, que cuando alcanzamos el objetivo deseado por fin y por siempre podremos disfrutar del estado al cual pretendíamos llegar, llámese este libertad, paz, poder o tranquilidad. Lo cierto es que esto nunca sucede por un fenómeno llamado ‘adaptación hedónica’. Nuestro nivel base de bienestar efectivamente se incrementa al conseguir algo: un asenso, un incremento de ingresos, un nuevo hogar, etc, pero al muy corto tiempo, este nivel vuelve a la línea base de felicidad en el que nos encontrábamos antes.

Nos pasamos la vida detrás de la gran meta que nos hará felices y, o nos quedamos soñando en grande pero nunca arrancando o nos perdemos los pequeños y cotidianos momentos de felicidad. Muchos hablan hoy de felicidad, buscamos instituciones educativas felices, entornos organizacionales cuyas culturas promuevan el ocio creativo, la ausencia de jerarquías, la libertad; queremos una sociedad que no debata, que no confronte, que consuma y ‘progrese’, confundimos hedonismo con felicidad. No estoy diciendo que para alcanzar el bienestar es necesario sufrir, pero cualquier logro que provenga de un proceso sin algún grado de esfuerzo se sentirá vacío.

Correr en solitario es agradable porque uno puede ir a su ritmo, puede salir a la hora que quiera, correr tanto como se quiera y por donde se quiera. Correr en equipo, si bien aparentemente resulta menos ‘conveniente’ es absolutamente más provechoso, no solo porque uno cambia de rutina, sino porque tiene que adaptarse a diferentes niveles de esfuerzo. Se aprende a ser paciente con quienes corren más lento, a no hacer juicios de quien en apariencia es ‘más viejo’, ‘más débil’, ‘menos fuerte’ y que termina dándonos lecciones de aptitud y llegando más lejos. Correr en equipo nos enseña humildad porque aunque estamos a merced del cuerpo, cuando nos lesionamos tenemos soporte, apoyo y ánimo para seguir adelante. Con el grupo es permitido parar a disfrutar la vista mientras se corre; se comparte la energía; no solo hay una sensación de logro individual después de cada entrenamiento sino además una sensación de propósito colectivo, todos se adaptan para que al final todos lleguemos y, al llegar, se siente más grato y trascendente celebrar.

Poco a poco fui llenando formularios, entrenando, haciendo los pagos, comprando tiquetes, leyendo, poniéndome vacunas, visitando médicos, comprando equipo especializado, haciendo caminatas por montañas para estar preparada. Poco a poco fui observando cómo el viaje hacia el Everest cambiaría mi vida para siempre. Había comprendido que el Everest, como cualquier otra alta meta de la vida, empieza con dejar de procrastinar y movilizarnos a llenar un simple formulario.

Entendí ese algo que quizá sea obvio, que todo gran sueño se ve lejano, pero si vemos solo el primer paso, si llenamos ese primer formulario, empezamos a sentir que no solo es posible, sino que es fácil, que somos capaces y que no estamos solos. Como dice un amigo, si quieres correr una maratón empieza por ir hoy mismo a comprar un par de tenis.

El viaje a Nepal me hizo cambiar mi perspectiva frente a la vida. Antes, ir al campamento base habría sido mi único foco y al lograrlo, quizá me habría parecido satisfactorio pero con seguridad habría pensado “que lastima, ahora que veo que habría podido ir hasta el último campamento me arrepiento de solo haber llegado hasta acá”. Mi perfeccionismo me habría castigado por no haber sido más ambiciosa. Pero fui tan afortunada de poder ver y comprender que el proceso era mi meta, cada uno de los pasos me llenó tanto de satisfacción, que incluso al estar en el Everest la montaña más alta del mundo perdió su magnitud.

*Luisa Acevedo es experta en sosteniblidad e innovación. Ha sido directora de sostenibilidad para Crepes & Waffles y Alpina, y una de sus más grandes pasiones es el montañismo.

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