IDEAS

El diseño como modelo de pensamiento

El diseño pasó de ser arte a convertirse en una herramienta para resolver grandes problemas de la humanidad.

Por Helmut Rico*


Hoy día, en medio de la Revolución Informática – una compleja rebelión en la cual las distancias y las fronteras son tema del pasado, y el poder de la codificación nos pone en las manos la solución de prácticamente cualquier cosa que hayamos imaginado – el diseño orgánicamente habilita unos nuevos enfoques en los cuales crea interfaces, estructura servicios, produce elementos interactivos, entre otras cosas.

De un tiempo para acá cada vez se usa con más frecuencia la palabra ‘diseño’ para hablar de crear diferentes proyectos: “tenemos que diseñar el plan de acción del próximo mes”, “la empresa debería diseñar una estrategia de ejecución para x región”, “hay que diseñar una política pública para mitigar x impacto”. Diseñar, diseñar, diseñar, ¿se han dado cuenta de esto? ¿Por qué estaremos incorporando este término a nuestro vocabulario con una mayor frecuencia?

Una pregunta interesante, sobre todo sí se tiene en cuenta que anteriormente hacíamos uso de la palabra diseño únicamente para referirnos a la creación de manualidades y a las destrezas relacionadas con el arte. La respuesta es esta: << el diseño no es más netamente un oficio artístico o una expresión ligada a la estética. El diseño ahora es un modo de pensamiento que usa herramientas de investigación para obtener información, visualizarla, clasificarla y a partir de todo el proceso dar lugar a ideas realistas y novedosas>>

Desde la Revolución Industrial, el diseño comenzó a aportarle valor agregado a los productos para que las empresas pudieran venderlos por medio de una imagen clara y mensajes oportunos. Es decir, resolvió un problema: persuadió a las personas para que compraran.

Hoy día, en medio de la Revolución Informática – una compleja rebelión en la cual las distancias y las fronteras son tema del pasado, y el poder de la codificación nos pone en las manos la solución de prácticamente cualquier cosa que hayamos imaginado – el diseño orgánicamente habilita unos nuevos enfoques en los cuales crea interfaces, estructura servicios, produce elementos interactivos, entre otras cosas.

Poco a poco lo que sucedió con este campo fue una migración de lo tangible a lo intangible, se comprendió que más que un arte aplicado, era una forma de traducir problemas complejos en soluciones claras y útiles para la gente. Un área de conocimiento que reconoció que se podía expandir de la creación de gráficas o productos a pensar en la forma en cómo éstos podían usarse e implementarse en los mercados.

Apple, por ejemplo, usó el diseño para crear interfaces intuitivas y sencillas para la gente, además de crear productos minimalistas que leyeron las tendencias para anticiparse; Disney-Pixar, más específicamente con la película “Intensamente” o “Inside Out” usó el diseño como herramienta para entender el funcionamiento del cerebro y la forma en que este podía ser contado; y por otra parte, Google usó el área de conocimiento para crear nuevos servicios informáticos centrados en las personas tanto en el entendimiento de sus necesidades y la conexión entre ellas, como en la lectura y uso de esas plataformas a partir de gráficos e interfaces inteligentes y sencillas.

Ahora bien, en medio de este desarrollo y actualización del diseño en una visión más allá de las bandas que antes solía pensar, la sostenibilidad también entró a ser parte esencial de su entendimiento. A tal punto en el que antes de pensar en la implementación de una gráfica o un producto se pueda llegar a pensar que no es necesario producirlo físicamente, sino que puede ser reemplazado por una aplicación; o que algunos de sus puntos de producción pueden ser simplificados en aras de tener el menor impacto ambiental y económico. Una comprensión que no hubiese sido posible, si se siguiera pensando que la creación de proyectos se reduce a lo físico y se ignorase instancias previas y posteriores a la implementación de éstos. Es decir que cuando se abre el espectro de pensar en las nuevas posibilidades digitales o en más momentos del ciclo de vida de un producto, se llega a la producción de ideas inteligentes y responsables que generan valor tanto para el productor como para quienes consumen su oferta.

En lo personal y profesional puedo decir que siempre una buena ejecución de algo – no necesariamente en términos de sostenibilidad – es exitoso y viable entre más holístico sea. Es decir, cuando entendemos que para solucionar problemas hay que abrir los ojos y poner en la mesa la mayor cantidad de variables posibles, somos más responsables de lo que creamos y mitigamos los márgenes de error.

Los teóricos William McDonough y Michael Braungart plantearon un concepto para el abordaje holístico de productos pensando en el ciclo de vida de las cosas bajo una visión sostenible, este término es “Cradle to Cradle” que traduce al español “De la cuna a la cuna”. Un postulado que aborda una visión 360 del ciclo de consumo de un producto evaluando, mediante prototipos, si en principio es útil para la sociedad, y de ahí en adelante optimizando su producción, distribución y desuso y/o desintegración, de manera que sea amable con el planeta. Este concepto inculca dar cierre a los ciclos de vida para que los productos no emitan gases por 100 años a la atmósfera ni requieran 200 años para desintegrarse; sino que, por el contrario, retornen a la tierra de forma tan inteligente como las cosas orgánicas (o al menos pueda reutilizarse).

¿Inteligente, verdad? A veces pensamos únicamente en esa mesa perfecta que estamos construyendo pero no vemos el material del cual la hacemos, de dónde proviene, cómo podemos optimizar su entrega y cuál va a ser su suerte cuando cumpla su ciclo de uso. ¿Cuántas veces no se han encontrado ustedes con productos inútiles? Productos que podrían ser reemplazados por algo digital o, simplemente, ser omitidos, ¿cuántos productos allá afuera no pueden desintegrarse y se convierten en la basura de nuestras calles? Lo más importante de este tema es que esta conciencia ambiental que cada vez incorporamos más no solo está pensada para el bien común sino de hecho para el propio: la cualidad de ser amigables con el medio ambiente le da a nuestras empresas, productos y servicios un plus que nos puede hacer prevalecer por encima de la competencia.

En conclusión, el primer paso para ser sostenibles con los productos y servicios que creemos es garantizar su viabilidad en el mercado, reconocer realmente si atienden necesidades y serán consumidos. Lo primero que se debe garantizar es esto, de ahí que se imparta la durabilidad del producto/servicio en el tiempo, le signifique un bienestar al hombre y en lo posible se piense también como un bien amigable con el medio ambiente tanto en sus materiales como en los procesos que requiere – un producto que cierre su ciclo. Mediante ejercicios diagnósticos de lo que las personas quieren y necesitan en su diario vivir se puede perfilar lo que se produce, posteriormente probarlo cuantas veces se necesite para que al salir al mercado no fracase de entrada, y finalmente haya sido una inversión bien enfocada, inteligente y sostenible.

*Helmut Rico es diseñador y arquitecto de la Universidad de los Andes. Actualmente trabaja como director estratégico en Inmov.