HISTORIAS

Hombre, no, hombres

Para hablar de verdadera equidad de género, es necesario entender que no existe una forma de ‘hacerse hombre’.

Por Hernando Muñoz Sánchez*


Ilustración: Los Naked

“Hoy tenemos que hablar de masculinidades, de hombres y de resaltar la gran posibilidad de SER hombres diferentes”.

Hernando Muñoz Sánchez

Una de las cosas que me da más alegría es poder hacer ejercicio tres veces a la semana, lo hago con un entrenador personal porque no hubo otra forma, de tantas, que me permitiera ser constante. Pero el ejercicio no es el tema que hoy me ocupa. Lo que les quiero contar a partir de este hecho es que tengo la fortuna de vivir en un barrio de Medellín muy querido por los medellinenses, rodeado de verde, de árboles, de flores y de espacios naturales. En uno de estos espacios es donde realizo mi actividad física. Lo maravilloso de esto es que me encuentro con un grupo muy especial, niños y niñas entre 2 y, quizás, 9 ó 10 años, junto a sus padres, en su mayoría hombres, que al final de la tarde salen a pasar un rato con sus hijos.

No quiero dejar de reconocer a las madres, es sólo que esta es una cultura machista en las que los hijos son de la mamá y en la que tomó ventaja ese dicho de que “madre no hay sino una y padre puede ser cualquier hp”. Para mí ha sido un privilegio, mientras hago ejercicio, observar a estos hombres, no me refiero sólo a la relación con sus hijos e hijas, sino también a ellos mismos. A sus posturas, sus acercamientos a los otros, su integración y, sobre todo, a las enormes diferencias entre ellos, muchas muy notables. Esto me ha llevado a pensar en dos cosas: una, que no podemos seguir hablando de masculinidad, masculino, el hombre y todo eso en un mismo saco. Hoy tenemos que hablar de masculinidades, de hombres y de resaltar la gran posibilidad de SER hombres diferentes, no en el marco estrecho de la definición hegemónica de HOMBRE, ni de la definición machista de cómo se debe comportar un hombre que nos imponen y ordenan en esta cultura.

Y dos, que son hombres que ejercen la paternidad. Más allá de ser proveedores, son padres que disfrutan su rol a pesar de que en esta sociedad ha hecho carrera que los hombres no se ocupan de esto porque es oficio de las mujeres, de las mamás. Todo porque disque a ellas les ha sido dado por naturaleza. Estos hombres paternan, como diría la profesora María Cristina Palacio, experta en familia.

Esta experiencia que hoy la vida me regala en el barrio me da la esperanza de que algo está cambiando en la sociedad, de que desde la trasformación de imaginarios se re-significa lo que es ser hombre o mujer en esta cultura desde la mirada tradicional. Me hace creer que, con mucho trabajo de reflexión, de abrirse a las preguntas, a las dudas y como parte de un proceso pedagógico desde muy temprana edad, las relaciones entre hombres y mujeres pueden verse y vivirse desde la igualdad.

Hablo de masculinidades, en plural, pues no es posible pensar en la existencia de una sola experiencia de hacerse hombre, ya que esta misma construcción dentro del género está en diálogo con otras relaciones que atraviesan la vida del sujeto como la raza, la etnia, la clase social, el nivel educativo, la historia familiar y las contingencias. Esta perspectiva ya había sido planteada por el feminismo negro o de color y las propuestas de interseccionalidad que insisten en la necesidad de comprender los diferentes sistemas de opresión como el racismo, el patriarcado o el capitalismo.

La preocupación por comprender el lugar de opresión que históricamente han vivido las mujeres ha dejado cierta ausencia en lo que atañe a comprender el lugar y las condiciones de posibilidad a través de las cuales se ejerce el espacio de dominación de los varones. Esta misma perspectiva que sostiene la existencia de un sólo lugar de opresión y dominación ha caído en cierto binarismo en la forma cómo se conciben las relaciones de poder, lo que ha terminado por naturalizar el lugar de los varones y obstaculizar la comprensión y la transformación de estas relaciones.

Es por ello que sólo las mujeres han sido generizadas y por lo tanto sólo ellas han sido consideradas un foco para la acción de las políticas públicas, dejando intacto el lugar de los varones, negando su carácter de sujetos de género y, por ende, obviando y neutralizando su papel como actores de las dinámicas y realidades que se buscan comprender y cambiar.

Desde hace años vengo queriendo entender el proceso de hacerse hombres y para lograrlo me ha sido necesario analizar los varones y la masculinidad como productos sociales. Sólo de esta manera es posible generar una suerte de conciencia en los hombres al ofrecerles la posibilidad de mirarse en el espejo y sumar esta mirada a la creación de otras más políticas que generen liderazgo en la transformación de las desigualdades de género.

Pensar a los varones y a las masculinidades no implica negar el lugar de privilegio que éstos han tenido en la sociedad, sino comprender que ese lugar también tiene varios matices, por ejemplo, no todos pueden ejercer claramente esas relaciones de dominación pues entre ellos también existen interacciones desiguales de poder. En ese sentido, estos análisis pueden revelar dinámicas que no han sido contempladas y generar así nuevas rutas y estrategias que conduzcan a la transformación de la inequidad.

Por eso mis reflexiones continuamente se han enmarcado en un análisis de los estudios de masculinidades, porque desde ellos se comprende que, así como Simone de Beauvoir afirmaba que “la mujer no nace, se hace”, es necesario insistir en que los varones tampoco nacen, pero sí se hacen mediante un proceso que he denominado “el hacerse hombres”, a través de un llamado a mirarse en ese contexto, a construirse y a formarse.

De ahí la importancia de que los varones hablen y actúen como los padres del parque de mi barrio, pues esto les permite acercarse a la subjetividad y así adentrarse a las estructuras macro del orden de género a través del análisis de las representaciones hegemónicas y de las prácticas de incorporación de la masculinidad presentes en instituciones sociales como la familia, la escuela o los pares. Pero también adentrarse a las fracturas, a los desplazamientos y a las resignificaciones que los varones hacen de estas representaciones y de estas prácticas. Que intenten comprender ese proceso de “hacerse hombres”, identificando las pautas culturales, las prácticas sociales y las relaciones de poder a partir de las cuales se vive y se significa.

Es decir, si bien es cierto que hoy podemos ver cómo las categorías de “hombre” y “mujer” son contingentes, también es cierto que para la mayoría de personas, incluso para quienes nos dedicamos a esta área, existe en la realidad cotidiana el funcionamiento de relaciones de género dicotómicas. No podemos pretender que sólo con lograr una comprensión de las relaciones de género en la que convengamos un carácter de construcción social, esa realidad que precisamente analizamos desaparezca del escenario de la cotidianidad; de hecho, abandonar esta mirada y complacernos en nuestros avances teóricos representaría un retraso con el compromiso de la transformación de nuestros entornos. Finalmente, este postulado es el que orienta y ha orientado mi reflexión durante años.

He decidido realizar un acercamiento constructivo y crítico a la significación de la experiencia de hacerse hombres, especialmente con varones que se autodenominan heterosexuales. Me interesa interpelar la naturalización existente entre heterosexualidad, masculinidad y el hecho de ser varón para demostrar que la masculinidad que se identifica como heterosexual –y que se vería como natural- también es una masculinidad construida y por lo tanto fracturada y fragmentada. Es común que, para interpelar las formaciones hegemónicas tanto de género, como de raza y de clase, se analicen los lugares de subalternidad y con esto se expongan las fisuras de los sistemas de dominación. Hasta aquí, podría decirse a simple vista, que estos hombres ostentarían un lugar de aparente privilegio, no obstante, lo que se logra evidenciar es que ese lugar también está fracturado, es también performativo e implica importantes costos para sostenerse como tal.

La mirada no sólo debe ser desde la paternidad. En este país, donde la mayoría de los líderes y directivos de empresas son hombres que encarnan el proyecto patriarcal, los mandatos y las exigencias de una cultura que, como la nuestra, promueve el machismo, es tiempo de que estos hombres se pregunten por su papel en la transformación de la sociedad, no sólo en términos económicos y de desarrollo global, sino de evolución en las relaciones de poder entre hombres y mujeres con el propósito de alcanzar el respeto y la igualdad, dándoles a ellas su lugar en el ámbito laboral, social y familiar. Reconociéndolas como mujeres con derechos y, sobre todo, como personas autónomas, pues no hay nada que despierte más inseguridad en las relaciones entre hombres y mujeres que poner en duda su autonomía.

Hay esperanza, lo que vivo en el parque de mi barrio me llena de optimismo y me hace creer que, así sea por fuerza de los cambios de la sociedad, hoy algunos hombres –ojalá muchos en un futuro cercano-, se permiten dejar ese mal llamado lugar de privilegio y disfrutan de ser hombres. Hombres que paternan, que ejercen su hombría saliéndose de esa camisa de fuerza que la sociedad les ha impuesto.

 

*Hernando es Decano Facultad de Ciencias Sociales y Humanas-UDEA.