HISTORIAS

Las metas son para perdedores

La alternativa del pensamiento de sistemas en los espacios laborales: ¿un oceano azul esperando a ser explorado?

Por Andrés Acevedo Niño*


El pensamiento de sistemas aplicado a los espacios corporativos latinoamericanos –en los que todavía prima el bagaje tradicional, según el cual “las cosas se hacen como siempre se han hecho”– parece ser una apuesta arriesgada. Sobre todo cuando hablamos de la meta por excelencia del mundo empresarial: la de escalar la jerarquía de la organización hasta llegar a la punta de la pirámide.

I.

Las metas son para perdedores. Esa fue la conclusión de Scott Adams luego de haber estado cerca de morir congelado en medio de una tormenta de nieve en Syracuse, Nueva York. Adams es el creador de Dilbert, uno de los comics de periódico más exitoso de todos los tiempos. Durante su infancia en una pequeña ciudad en el Estado de Nueva York, en la que la vida era tranquila y predecible, Scott no alcanzaba a imaginarse lo lejos que llegaría. Estadísticamente hablando, las probabilidades de que Scott se convirtiera en un caricaturista exitoso –o incluso en un profesional respetado– eran superadas por las de morir congelado en una de las tantas tormentas de nieve que caracterizan los crudos inviernos de la punta noroeste de Estados Unidos. Y fue precisamente en medio de una de esas tormentas, a la salida de su primera entrevista de trabajo, cuando Scott tomó una decisión que cambiaría su vida.

La idea de que la mejor forma de escapar de su pequeña ciudad era emplearse en una firma de contadores en Syracuse, la ciudad mediana más cercana, llevó a Scott a presentarse en las oficinas de aquella firma en un frío día de invierno. Bastó con que Scott se sentara en la sala de juntas para que su potencial jefe, al verlo vestido con una camiseta y bluyines, lo detuviera y le ahorrara la vergüenza de seguir adelante con la entrevista. Irse vestido como un universitario a su primera entrevista de trabajo, ese era el tipo de errores que el joven Scott cometía. En su imaginario, era mejor idea presentarse como un joven que se estaba educando que como uno preparado para la vida corporativa. La ingenuidad de haber crecido en una ciudad de pocos miles de habitantes le había costado la entrevista, pero le costaría aún más en cuestión de minutos.

Resulta que, además de no vestir traje formal, a Scott le pareció innecesario llevar una chaqueta a la entrevista – a pesar de la tormenta de nieve anunciada más temprano por los noticieros– porque iría del carro al edificio y de vuelta. Llevaría, entonces, como buen universitario, sólo una camiseta polo.

En el camino de vuelta, Scott tomó una carretera alterna: una que lo alejaba de las poblaciones y por la que transitaban menos carros. Cuando ya se había alejado considerablemente de Syracuse, el motor del carro se apagó.

La mala suerte de Scott no parecía acabar. Intentó volver a iniciar el motor. Las bujías crujían pero luego se ahogaban en una especie de quejido desesperado. La temperatura dentro del carro comenzó a descender. La nieve caía. No había carros ni casas a la vista. Scott, sin chaqueta y sin trabajo, decidió bajarse del carro. Comenzó a correr con la intención de llegar al próximo pueblo. Era su única salvación.

El aire que respiraba era tan frío que parecía clavarse en sus pulmones como un cuchillo de hielo. La cabeza comenzó a nublarse y su visión a ensombrecerse. Y cuando todo apuntaba a una muerte inminente, las luces de una camioneta surgieron en medio de la nieve. Un vendedor de corbatas lo recogió y lo llevó de vuelta a su casa.

Scott Adams, el joven Scott, se había planteado una meta –conseguir un trabajo como contador– y, de una manera espectacular, había fracasado. A partir de ese día Scott decidió una cosa: las metas no eran lo suyo. De ahí en adelante, tendría sistemas, no metas.

II.

Las metas son objetivos específicos que se alcanzan o no en algún momento futuro; un sistema es algo que se hace de manera constante e incrementa las posibilidades de ser feliz en el largo plazo. Así lo explica Scott Adams en su libro How to Fail at Almost Everything and Still Win Big (Cómo fracasar en casi todo e igual ganar en grande): “Si es algo que haces todos los días, es un sistema. Si estás esperando a lograrlo en algún momento futuro, es una meta” escribe el famoso caricaturista.

Scott no tenía la meta de crear un comic exitoso; tenía un sistema que implicaba tener un trabajo que pagara las cuentas (así lo detestara) y en sus tiempos libres trabajar en un proyecto ambicioso, con altas probabilidades de fracasar pero que, de funcionar, lo liberaría de ese trabajo miserable. El sistema, por supuesto, implicaba más fracasos de los que una persona promedio podría soportar y, de esa manera –poniendo en funcionamiento su sistema– Scott Adams amasó suficientes fracasos como para inaugurar un cementerio de proyectos fallidos. En ese cementerio las lápidas tendrían inscripciones del siguiente tenor: dos juegos de computador, una guía para aprender a meditar, una evaluación psíquica en computador, y un programa para transferir archivos entre modems.

A pesar de los numerosos fracasos, Scott nunca se sintió un perdedor. Por el contrario, lo que él sentía es que cada día iba a ser El día. Así estaba diseñado su sistema. Bastaba con que uno de sus ambiciosos proyectos funcionara para restarle importancia al cementerio de fracasos y despegar de una vez sin mirar atrás. Si Scott hubiera tenido metas en vez de sistemas, la sensación habría sido distinta. Si la meta de Scott hubiera sido crear un juego de computador tan popular que una gran compañía lo comprase por varios millones de dólares, sus probabilidades de fracasar habrían sido muchas: desde no lograr crear el juego, a crearlo y que no sea popular, hasta que la oferta de la gran compañía sea inferior a seis dígitos. Con el sistema, sin embargo, Scott tenía el éxito asegurado. Bastaba con que cada día lo implementara para sentirse exitoso.

“El pensamiento de sistemas vs metas puede aplicarse a casi cualquier actividad humana. En el mundo de las dietas, perder veinte kilos es una meta, pero comer saludable es un sistema. En el mundo del ejercicio físico, correr una maratón en cuatro horas es una meta, pero ejercitarse diariamente es un sistema. En el mundo de los negocios, hacer un millón de dólares es una meta, pero ser un emprendedor serial es un sistema”, explica Scott, y añade, “Los sistemas no tienen fecha límite, y en un día determinado probablemente no puedes saber si estás avanzando en la dirección correcta”.

Pero, así como en un día cualquiera no se puede saber si se está yendo por buen camino, en un día cualquiera el sistema puede dar resultados. Y así fue, en un día cualquiera, cómo uno de los proyectos paralelos de Scott despegó y, desde entonces, su vida cambió. Dilbert, el comic que creó, ha sido publicado en más de 2,000 periódicos, distribuido en 57 países, y traducido a 19 idiomas.

A Scott Adams los sistemas –o el pensamiento de sistemas– lo llevaron de ser ese joven ingenuo de una pequeña ciudad del estado de Nueva York, a convertirse en uno de los caricaturistas más exitosos del mundo. Con la ventaja de la retrospectiva y con la legitimidad de su experiencia, Scott tiene estos comentarios sobre las limitaciones de la orientación a las metas: por un lado, durante el proceso previo a lograr la meta, nos encontramos en un estado de fracaso pre-éxito (no hemos logrado lo que queremos lograr); por otro lado, cuando las alcanzamos “celebramos y nos sentimos muy bien, pero sólo hasta darnos cuenta de que acabamos de perder aquello que nos orientaba y le daba sentido a nuestras vidas”, concluye Scott.

Cumplir una meta viene con satisfacción, celebración, reconocimiento y admiración por parte de quienes presencian nuestros logros. Pero también viene con desasosiego, desesperanza, con la intolerable comprensión de que una vez alcanzada la cima, es hora de plantear nuevos objetivos para seguir adelante en una maquina caminadora aparentemente interminable

            III.

En el mundo profesional, hacer una maestría es una meta, pero ser un aprendiz eterno es un sistema; crear un proyecto al interior de la organización buscando un aumento salarial es una meta, pero ser proactivo –lo que llaman intraemprendedor– es un sistema. Vender cuarenta mil dólares es una meta, deleitar a sus clientes constantemente es un sistema.

Los sistemas vienen con ventajas indiscutibles: por un lado, evitamos ese estado constante de fracaso (el pre-éxito), por otro lado, mientras la gran mayoría de trabajadores está compitiendo en el mismo espacio, el de la orientación al logro, nosotros estamos jugando en una categoría nueva –un océano azul como dirían los que se dedican al marketing–.

Al mismo tiempo, sin embargo, el pensamiento de sistemas aplicado a los espacios corporativos latinoamericanos –en los que todavía prima el bagaje tradicional, según el cual “las cosas se hacen como siempre se han hecho”– parece ser una apuesta arriesgada. Sobre todo cuando hablamos de la meta por excelencia del mundo empresarial: la de escalar la jerarquía de la organización hasta llegar a la punta de la pirámide.

 

La alternativa del pensamiento de sistemas es polémica. La orientación al logro está tan arraigada en nuestra cultura que nueve de cada diez ofertas de trabajo anuncian buscar un candidato ‘orientado al logro’. Es la norma. Es lo que los empleadores quieren oír y lo que los candidatos quieren proyectar. Es, también, lo que todos aspiran a ser: la categoría por la que todos compiten. Es un océano rojo: la violenta competencia ha manchado de sangre el agua.

Del otro lado: la alternativa, el pensamiento de sistemas. Un océano azul que espera ser explorado. La pregunta es sólo una: en el mundo de los cambios exponenciales, de la revolución 4.0, de la ‘rebeldía’ millennial y la reinvención del ser humano, ¿vamos a seguir compitiendo en el mismo juego de los últimos cincuenta años?

*Andrés Acevedo Niño es editor de CUMBRE y cofundador de 13% Pasión por el trabajo, el principal podcast en español en temas de propósito, pasión y trabajo.