HISTORIAS

Lo que la montaña me enseñó

María Victoria Riaño, CEO de Equión, narra lo que ha significado en su vida la práctica del montañismo.

Fotos: Archivo personal de la autora

Aprendí que la montaña siempre estará ahí, y que si no lo logras, ya vendrán nuevas oportunidades para asumir el reto de llegar a la meta.

Mi relación con las montañas es de vieja data. Aunque desde niña disfrutaba caminar y acampar al aire libre, fue solo al llegar a la universidad que me convertí en montañista. Comencé a recorrer caminos reales y páramos con el grupo de la Javeriana, hasta que un día recibimos una invitación de un grupo de montañismo en Ibagué. Era un curso de rescate y alta montaña. Allí conocí a los escaladores que me invitaron a ascender el nevado del Tolima, mi primera cumbre.

Nunca había pisado nieve y contaba con un equipo muy precario, pero allí descubrí que contaba con mucha fortaleza. Era la única mujer, rodeada por escaladores muy buenos. Yo, a la par con ellos, disfruté llegar a ese lugar tan hermoso, la cima desde donde se vislumbraban todas las cimas del Parque de los Nevados.

Luego vinieron nuevas cumbres, el Nevado del Huila, los cuatro picos de la Sierra Nevada, y todos los de la laguna grande de la Sierra del Cocuy. Pronto descubriría que en la montaña no hay espacio para la frustración. En ocasiones no podíamos hacer cumbre, la mayoría de veces por cuestiones del clima. Cuando esto ocurría nos bastaba con tener la satisfacción de haber llegado hasta el último lugar posible. Desde entonces aprendí que la montaña siempre estará ahí, y que si no lo logras, ya vendrán nuevas oportunidades para asumir el reto de llegar a la meta.

Durante esos primeros ascensos, la montaña también nos enseñó a ser recursivos en todas las situaciones. En el camino, las cosas nunca se presentaban como las necesitábamos: había que armar campamentos, conseguir agua que a veces no era tan pura, ingeniárnosla para secar la ropa. En los momentos más difíciles: el mal tiempo, el peso de los morrales, la trochas llenas de barro y piedras y frío, siempre contaba con el apoyo del equipo para seguir adelante, sus palabras de aliento.

¿Quién diría que aquella niña que andaba por las montañas con morral al hombro, escalando cumbres, llegaría a liderar una de las compañías más grandes del país?

Durante mucho tiempo, tanto en la montaña como en el campo profesional, pensé que como mujer tenía las mismas oportunidades que los hombres. Lejos de creer en el sexo débil, fui muy fuerte, a veces más que muchos de mis compañeros, e inclusive lideré el grupo. Hoy soy más consciente de que sí existen muchos esquemas mentales que limitan la labor de la mujer, y que depende mucho de nosotras empoderarnos y sortear las situaciones con inteligencia. No son límites, son retos interesantes de lograr.

Yo nunca tuve inconvenientes en mi carrera por ser mujer, hasta que llegó el momento de ascender a cargos del nivel de vicepresidencia. Allí comencé a enfrentar comentarios y prejuicios machistas (la industria energética es una industria de hombres). Más de una vez escuché en reuniones que las mujeres como yo debían estar en la cocina. Yo nunca me quedé callada. Siempre pedí respeto y demostré con profesionalismo que tenía el conocimiento y las capacidades. Finalmente, pese a la duda de muchos por el hecho de ser mujer, fui nombrada presidente de Equion Energía, en ese momento la tercera petrolera del país. Desde entonces, he demostrado que soy capaz de establecer un liderazgo consciente y humano, y dar muy buenos resultados en la industria petrolera.

Todo este ascenso ha sido nutrido por incontables herramientas para el liderazgo que me legó la práctica de montañismo. De Colombia pasé a escalar picos de 6000 metros, como el Chopicalqui y el Pisco, en Peru. En Ecuador, el Cotopaxi y el Cayambe, y en Bolivia el Wayna Potosi. Entre más lo hacía, más descubría que para lograr mis objetivos necesitaba un repertorio de herramientas complejo: el trabajo en equipo, el conocimiento de mí misma, la recursividad, la capacidad de servicio, el cuidado de los demás, el relacionamiento, la disciplina, la persistencia, la confianza, el respeto, la comunicación, la simplicidad, la toma de decisiones y la renuncia.

En ese proceso de autoconocimiento descubres qué te hace bien en materia de alimentación e ingesta de energía —algunos se hidratan más, otros menos; para algunos funciona el gel, para otros no—, y entiendes cuáles son tus límites —qué no podrás hacer sin ayuda y en qué momento deberás conservar la calma—. También tienes que observar tus pensamientos. Muchas veces llegan ideas a sabotear el proyecto, esa voz interior que te dice que no podrás hacerlo o que te pone límites. Frente a esto, funciona concentrarse en tus fortalezas y dejar de pensar en lo malo, en lo que no tienes.

Los mismo ocurre cuando lideramos organizaciones. Debemos tener objetivos claros e inspiradores, que articulen  la empresa y el equipo alrededor de un propósito superior. Un grupo que esté dispuesto a lograr grandes resultados y lo más importante, disfrutar el camino.

Adicionalmente, conviene siempre recordar a Leon Tolstoi: “Todos piensan cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”. En mi camino, he aprendido a ser más consciente de mis reacciones y la forma en la que estas pueden afectar a los demás tanto positiva como negativamente. Siempre me pregunto qué quiero lograr y me tomo mi tiempo para comunicar bien lo que siento y quiero que logremos. He tenido que entender más, preguntar más, y buscar la forma para andar siempre con calma.

De todas las cumbres, la que más lecciones me dio fue la del Aconcagua, la montaña más alta de América. Para escalarla se necesitaba un equipo. Éramos un grupo de mujeres latinoamericanas procedentes de Venezuela, Ecuador, Perú, Chile, Argentina, Bolivia y Colombia. No nos conocíamos, solo nos unían nuestras ganas por escalar. Contábamos con la experiencia como montañistas de cada una y su preparación para aportar al sueño de llegar a la cumbre más alta de América.

En las organizaciones como en la montaña, también necesitamos grandes equipos inspirados y comprometidos. Se trata de interrelacionarnos, de ser conscientes del otro, de conocernos como seres humanos, con nuestras fortalezas y nuestras vulnerabilidades.

Al escalar montañas con grandes dificultades, el equipo se protege mediante una cordada. Ahí entiendes que tu vida depende de los otros y allí la importancia de confiar en las habilidades de todos. Cada uno pone lo mejor de sí y está al cuidado del otro. Cuando escalas en escenarios de mucho frío y viento, es difícil comunicarse verbalmente, así que para cuidarnos conjuntamente cada quien tiene que ser consciente del otro y de cada paso que se da. Si alguien resbala estamos atentos para sostenerlo y si alguien cae en una grieta, todo el equipo pone su esfuerzo para sacarlo.

Nada de esto puede ocurrir sin comunicación auténtica: escuchar con humildad, generosidad y respeto, entender al otro desde su esencia, con compasión. En Equión hay técnicos que son especialistas en su tema, hay financieros, comerciales… Para obtener los resultados que esperamos en todos los indicadores hay que confiar en el trabajo de cada quién, cuidarnos unos a otros y sabernos apoyar si una persona o un equipo tiene problemas.

Otro aspecto relevante para lograr la cumbre es el equipaje que se lleva. Ni muy pesado que te impida avanzar; ni tampoco que te falte algo necesario para lograrlo. En el trabajo, tanto la simplicidad como la eficiencia de cada tarea son importantes, así como tener las herramientas necesarias para desarrollarlo.

Esas vacaciones de 1987 emprendimos el ascenso con un plan claro, otro aspecto fundamental. Con antelación, definimos el equipo que debíamos subir —ni tan pesado que te impida avanzar ni tan liviano que te falte algo para lograrlo—, nos distribuimos cada tarea, definimos quién iba atrás o adelante, dónde descansaríamos, a qué hora comeríamos, qué comeríamos y otra serie de roles y tareas imprescindibles.

Luego de doce días de ascenso, en medio de montañas nevadas y valles cruzados por ríos, fuimos llegando a los 6400 mts, donde el entorno nos presentó un nuevo reto: la llegada de una tormenta y la toma de decisiones sobre si soportaríamos a esa altura, valorando el desgaste que implica dormir o mejor no dormir, o tal vez volver a bajar a los 5.200 mts y no volverlo a lograr. No sabíamos cuántas del equipo íbamos a tener la fuerza para bajar y volver a subir, era una decisión difícil.

Al final hicimos lo mejor para el grupo: bajar y esperar a que pasara la tormenta, para volver a subir. Sabíamos que, cuando en el nevado todo se nubla y se vuelve blanco, lo mejor es esperar con calma a que se despeje para poder andar con seguridad. Como sucede en la vida, hay que estar preparados para los imprevistos que se puedan presentar. Tomar decisiones con calma, teniendo en cuenta todas la posibles opciones para actuar, considerando el entorno que nos rodea, y detectando los elementos qué pueden ayudar o poner en riesgo el logro de los objetivos.

Una vez que pasó la tormenta lo volvimos a intentar. Sabíamos que no todas teníamos la misma fuerza, sin embargo cada una asumió la responsabilidad de aportar lo mejor para lograrlo. Si alguien no se sentía con fuerza, era mejor que no se arriesgara y tampoco pusiera en riesgo al equipo. Solo cada una desde su propio “yo” lo podía definir. No era cuestión de victimizarnos y volcar la culpa a la tormenta o a los demás. Era una responsabilidad individual.

Al final, solo la mitad de nosotras emprendió de nuevo la ruta a la cumbre. Dos días después lo logramos. En la cima del Aconcagua levantamos las banderas de todas las nacionalidades del equipo, sin importar quienes habían llegado o no. Era la representación del éxito del trabajo en grupo.

Casi treinta años después de ese momento, volví a sentir esa intensa y liberadora alegría de quien sabe que ha logrado con esfuerzo un objetivo desafiante. Ocurrió cuando, luego de tres años de intentarlo, logramos en Equión tener la máxima calificación de desempeño otorgada por la junta directiva.

Es gratificante celebrar los logros como equipo, es el logro de todos y de cada uno con sus roles. Siempre responsables de nuestros propios actos, siendo protagonistas de nuestras decisiones y acciones y no víctimas de las situaciones y de los demás. Aprendiendo de los logros y de los errores.

La experiencia como montañista y como líder de una de las compañías más grandes del país, me ha permitido aprender que el liderazgo consciente y el ejemplo son claves para el cumplimiento de logros de equipo, personales y empresariales. Y sobre todo, que cuando se llega a la cumbre de una alta montaña, la vista nos permite identificar más retos y picos por escalar en un mundo infinito de oportunidades y el éxito se multiplica cuando lo compartes con tu equipo.