IDEAS

¡Menos líderes, más liderazgos!

Un llamado a reinventar la manera como nos relacionamos con nuestros líderes.

Entonces, si hay un acuerdo en que las formulas del pasado no nos llevarán al éxito del futuro, la figura del líder tradicional no será la mejor fórmula para construir un futuro más próspero e incluyente. 

La Isla de Pascua, que se encuentra en el Océano Pacífico y pertenece a Chile, tiene una historia interesante que deja muchos aprendizajes. Sus antepasados eran los rapuni y no es muy claro cómo llegaron a habitar una isla en medio de la nada, para llegar hay que volar seis horas desde Santiago de Chile.

Se sabe que alababan a los dioses, o seres superiores, por medio de Moais, las famosas figuras talladas en madera. La isla era rica en maderables por la abundancia de palmas. La madera era usada para construir Moais, herramientas de agricultura, refugios y canoas de pesca. Se estima que en 1500 d.C. la isla alcanzó su pico poblacional con un total de 30.000 personas en un espacio de 163 Km2. Los años pasaron y la madera empezó a escasear.

La tribu se reunió y definió una estrategia para superar este desafío. Durante años alabar a los dioses había sido una estrategia que había dado resultado, como dicen, todo pasado fue mejor, por lo cual decidieron que con la poca madera que quedaba se debían construir Moais más grandes. La solución nunca llegó y las condiciones de habitabilidad se complicaron dada la escasez de un recurso fundamental para la supervivencia, y se inició una guerra civil.

En el año 1722 una expedición holandesa, que ‘descubrió’ la isla, realizó un censo poblacional y estimó que había un total de 1.000 habitantes, quiere decir que el 97% de la población despareció. ¿Se ejerció liderazgo en Isla de Pascua?, ¿qué pasó con los líderes?, ¿avanzaron en la superación de sus desafíos más complejos? Hablemos un poco de liderazgo y la evolución de las diferentes aproximaciones que nos permitan responder estas preguntas.

El estudio del liderazgo como concepto no es nuevo. Una rápida revisión de la literatura nos muestra que los primeros estudios aparecen en el año 1841. La pregunta que guiaba la reflexión era ¿a qué se debía que un individuo lograra persuadir y movilizar personas alrededor de sus ideas? Este estudio utilizó como objeto de análisis a personas que habían ejercido una figura de autoridad importante en la historia, Napoleón, famosos presidentes, guerreros etc. y se concluyó que las cualidades y características de las personas definían su capacidad de influenciar una situación. Esta aproximación se denomina Liderazgo Personal.

Los años pasaron y la definición empezó a generar algunos problemas en la categorización de los líderes. Entre 1884 y 1958 se amplió la definición, y se decía que no solo eran las características individuales de las personas las que definían la capacidad de persuasión, sino que para cada situación y contexto especifico se requerían características específicas de personalidad. Algo así como que un líder militar no podía por arte de magia convertirse en un líder social, debido a que los contextos, modos y lugares demandaban competencias y características diferentes.

Esta aproximación se denominó Liderazgo Situacional y Sintetizador. Posteriormente, en el año 1990, diferentes autores empezaron a explorar las dinámicas transaccionales del liderazgo. ¿Por qué una persona sigue a un líder? y se desarrolló una teoría donde se sustentaba que el liderazgo está basado en el principio de la reciprocidad y de la interacción entre líderes y seguidores, y que debe comprenderse como una transacción de intereses donde cada uno tiene algo que el otro necesita, por lo cual se construyen contratos invisibles para mantener en el tiempo esta dinámica. Esta aproximación se denominó Liderazgo Transaccional.

A finales del siglo XX diferentes autores, intentando desligar el liderazgo de la autoridad, se dieron cuenta que el liderazgo es un proceso sistémico y, por ende, caótico, donde la interacción entre distintos actores en un sistema determina el progreso de éste. Esta aproximación intenta explicar por qué personas como Martin Luther King, quien no tenía autoridad formal en Estados Unidos, sino era un afroamericano con un sueño y propósito, logró movilizar a la sociedad en una transformación de fondo de sus valores e ideales. Esta aproximación se denomina Liderazgo Sistémico, y es alrededor de la cual profundizaré en lo que considero es una nueva forma de entender el liderazgo.

¿Qué entendemos normalmente por liderazgo? Cuando nos hablan de liderazgo inmediatamente lo relacionamos con el líder. El inconsciente colectivo se ha encargado de reforzar la idea de ese ser carismático, con mucha sabiduría, que comunica sus ideas de forma inspiradora y que logra conectar a las demás personas. La figura del líder con las respuestas a los desafíos nos hace mucho daño como sociedad, porque, sin darnos cuenta, lo único que genera es una dependencia entre el líder y sus seguidores, quienes delegan las soluciones de todos sus problemas a ese ‘superhombre’.

En esa relación de dependencia es inconcebible que haya líderes sin respuestas, este hecho es todo un sacrilegio al modelo tradicional de liderazgo, y es la mayor de las frustraciones para una colectividad que busca y delega la solución de sus principales desafíos. Entonces, si hay un acuerdo en que las formulas del pasado no nos llevarán al éxito del futuro, la figura del líder tradicional no será la mejor fórmula para construir un futuro más próspero e incluyente, lo que requiere importantes transformaciones a los paradigmas sociales tradicionales. En un mundo tan complejo es imposible pensar que una persona tiene todas las respuestas, por lo que palabras como construcción colectiva y corresponsable se hacen necesarias para la superación de los desafíos.

Este nuevo paradigma requiere una nueva aproximación al liderazgo. El profesor Ronald Heifetz define el liderazgo como un ejercicio peligroso y poco comprendido, porque consiste en frustrar las más profundas expectativas de una colectividad para enfrentarlos a sus miedos y movilizarlos hacia un mejor equilibrio. En otras palabras, es un ejercicio de sacar de la zona de confort a una colectividad, de hacer las preguntas difíciles y de tomar decisiones que en muchas ocasiones no son las que las personas esperan o quieren oír.

El liderazgo no es un proceso políticamente correcto. Ejercer liderazgo muchas veces será un camino lleno de frustraciones, desilusiones y desafíos, porque al final, está retando a un grupo para que revise sus valores, normas, creencias, y concepciones del mundo, desarrollando nuevas capacidades que le permitan progresar de forma sistémica. Este campo de estudio ha desarrollado diferentes herramientas que le permiten enfrentar esta aventura de forma instrumental y sistémica.

¿Qué hubiera pasado en Isla de Pascua si alguien hubiera desafiado la forma tradicional de solucionar los problemas, que por cientos de años había sido rezándole a los Dioses?, ¿qué hubiera pasado con un individuo que le hubiera dicho a su tribu que tal vez los Dioses no eran los llamados a solucionar sus problemas, sino que eran ellos los que debían empezar a pensar en nuevas formas de uso responsable y sostenible de sus recursos naturales? Seguramente ese individuo no hubiera tenido el mejor de los finales, porque no era lo que la Tribu quería oír. Plantear nuevas preguntas implicaba retar la lealtad que tenían a sus ancestros y a sus dioses, implicaba retar el pasado y las fórmulas de éxito tradicional, implicaba retar los hábitos, valores y creencias que por años los habían llevado al éxito. Ejercer liderazgo implicaba adaptarse para sobrevivir.

El ejercicio del liderazgo se puede definir como la capacidad de cerrar la brecha entre la realidad actual y el futuro deseado, pero esa transformación debe conservar los elementos fundamentales de nuestra identidad, ya que uno de los errores más comunes es utilizar la palabra transformación como sinónimo de eliminación y construcción desde cero. La biología nos muestra que los procesos de evolución y adaptación son fundamentales para el éxito de las especies, y que no se requiere destruir toda nuestra memoria genética, sino construir desde lo construido.

Un ejemplo muy diciente es el chimpancé, quien tiene un 98% de similitud con el ADN del ser humano, pero ese 2% de diferencia le ha proporcionado al ser humano todas las capacidades para generar nuevas realidades con su especie. Por lo cual, el proceso de Liderazgo no es un proceso donde se requiera transformar y eliminar todo lo que somos como seres humanos para evolucionar, es un proceso de selección conservador pero revolucionario; que requiere revisar nuestro ADN cultural para entender y eliminar los hábitos, comportamientos y valores que ya no están agregando valor a nuestros actuales desafíos; aquellos que debemos conservar por ser esenciales y de alto impacto, y preguntarse cuáles son esos elementos en los que tenemos que innovar a gran escala. El liderazgo es un proceso de adaptabilidad, experimentación y exploración infinita para la creación de nuevas realidades.

Hoy tenemos una responsabilidad de recuperación de lo público como concepto, de volver a creer en el prójimo y en el bienestar colectivo por encima del bienestar individual. Las dinámicas nos obligan a pensarnos como sociedad, y a aportar a la solución de una deuda histórica que tenemos con millones de colombianos que viven en pobreza extrema, con los niños de la Guajira que mueren de hambre, con los campesinos, y con tantos colombianos que independientemente de su credo, raza y condición social, nos necesitan.

La mala noticia es que no hay experto en el mundo que pueda enseñarnos las soluciones. Estamos enfrentándonos a un reto adaptativo donde debemos empezar a explorar conjuntamente, y ser conscientes que será un camino lleno de improvisaciones y aprendizajes sobre la marcha.

Hoy más que nunca deberíamos convocar un ejercicio de reconciliación nacional, que nos permita ponernos de acuerdo sobre lo básico, en palabras de Álvaro Gómez, Pacto sobre los fundamentales, los valores que queremos resaltar como sociedad para luego actuar coherentemente. La gran pregunta es, ¿qué país queremos construir colectivamente?