IDEAS

Poder blando: liderazgo por otros medios

Lecciones de empatía y persuasión para aplacar la matonería.

El terreno de la política será siempre fecundo para extraer ideas y moralejas sobre la forma en que el liderazgo funciona, no solo entre las naciones sino al interior de cualquier organización humana —desde un equipo de fútbol hasta una gran corporación industrial o financiera.

A fin de cuentas, todo liderazgo entraña una forma de poder. Sin el poder requerido para hacer que las cosas pasen, no hay liderazgo alguno posible.  Puede haber liderazgos incompetentes (como el de los gobernantes que llevan a la ruina a sus pueblos en virtud de decisiones equivocadas, por falta de prudencia o por pura ignorancia). Pero no puede haber liderazgos impotentes.

El poder es una condición necesaria de todo liderazgo.

Es el motor de la política, y eso se nota claramente en la política internacional.   De hecho, uno de los autores clásicos de la disciplina de las Relaciones Internacionales, Hans Morgenthau, definió la política internacional como la lucha por el poder y la paz.  Los Estados compiten unos con otros, usando todas las capacidades y recursos que pueden, para poder sobrevivir y para poder permanecer en paz.  (La cursiva, por supuesto, es intencional).

Da a veces la impresión de que en la política internacional todo es cuestión de fuerza, y que el mundo es un campo de batalla en el que a la postre es el más fuerte el que prevalece sobre los demás.  Sin embargo, no todo es garrote y zanahoria, coerción y retribución, presión e incentivos.  Una cosa es hacer que otro haga lo que uno quiere, incluso en contra de su voluntad, recurriendo al uso o la amenaza del uso de la fuerza, o al ofrecimiento de pagos y beneficios.  Y otra es lograr que el otro quiera lo mismo que uno quiere —por atracción, inspiración o seducción.  Lo primero se llama “poder duro” (la forma más obvia y explícita de poder).  Lo segundo es “poder blando” (una forma de poder más sutil pero no menos efectiva y, muchas veces, aun más duradera).

¿Qué le dice todo esto a los líderes empresariales del mundo de hoy?

Para empezar, sirve para recordarles que un liderazgo eficaz y sostenible debe ser, ante todo, un liderazgo inteligente, resiliente y adaptativo.  Joseph S. Nye, el inventor de los conceptos de “poder duro” y “poder blando”, acuñó también la expresión “poder inteligente” para describir la adecuada combinación de ambos, el uso prudente de todas las herramientas disponibles, incluso en circunstancias adversas, para promover y realizar los propios objetivos e intereses.

Así, los líderes deben saber que no es su sola posición en la jerarquía corporativa ni su capacidad para distribuir recompensas o imponer sanciones, ni los títulos que adornan las paredes de sus despachos o su historial de logros pasados, lo que les permitirá conducir a su organización y su equipo de trabajo por la senda del éxito.  Limitarse a estos recursos para orientar una organización es apostarlo todo por el poder duro.  Y eso, claramente, no es muy inteligente.

Lo inteligente es no sobrestimar esas fuentes de poder duro, y entender que en el siglo XXI el éxito —en la política y en los negocios— depende de la habilidad de seducir a los otros, de conquistar sus mentes y corazones, de construir relaciones basadas en la empatía y no sólo en a subordinación, de estimular la cooperación y el sacrificio tanto como la obediencia, de ofrecer una visión de futuro que los otros puedan compartir y en cuya realización sientan que pueden jugar un papel significativo, de inspirar tanto respeto como emulación.

Lo ocurrido con Estados Unidos desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca es sumamente ilustrativo.  En menos de un año, el prestigio y el atractivo de los Estados Unidos en la escena global han alcanzado uno de los niveles más bajos de la historia.  Como consecuencia, aunque no haya mermado ni un ápice su condición de superpotencia militar y económica, hoy son mucho menos poderosos que durante la administración de Barack Obama, el senador que siendo apenas candidato logró congregar a más de 200 mil personas, en su mayoría alemanes, en el Tiergarten (el principal parque de Berlín), para hablarles de su propuesta de política exterior.

En el futuro, serán los países con más poder inteligente —y por lo tanto, con más habilidad para usar el poder blando— los que marquen la pauta del cambio y definan los principales eventos globales.  No los matones, ni tampoco —aunque a veces así lo parezca— los canallas. Así ocurrirá también, sin duda alguna, con los líderes en las empresas y corporaciones.