IDEAS

¿Se puede aprender ética jugando?

Un curtido innovador está convencido de que es hora de que los adultos comiencen a hacerlo.

Imagen: Pixabay CC0

La ética empieza a formarse en la niñez… y mucho antes, en el seno de familias y sociedades éticas. Un corrupto no se improvisa.

Hace más de tres décadas, la experiencia de contemplar a adultos analfabetos jugar dominó transformó la forma en la que entiendo el aprendizaje. Con ellos, no solo observé sino que viví el poder de la inferencia, de la inducción/deducción, habilidades mentales que son poderosas herramientas para el aprendizaje transformador.

Estos jugadores analfabetos quizá no eran conscientes de las operaciones mentales que utilizaban en cada partida, lo hacían empíricamente. Lo que sí sabían muy bien es que entre más practicaban, más avanzaban. Así, algunos de ellos, los más experimentados, habían dejado de ser “ponefichas” y ya eran “jugadores”, que traducido a términos epistemológicos correspondería a quienes relacionan la parte con el todo en lugar de ver solamente la parte.

Además de la gestión numérica, también detecté en los jugadores de dominó algunos indicadores de inteligencia emocional: respetar el turno; aceptar los diversos ritmos de desempeño; reconocer el error y jamás tolerar la trampa, actitud que puede generar la exclusión del jugador y quizá el señalamiento como “tramposo”. Este último era un mecanismo de sanción moral que incluía, no obstante, la opción de que el autor del fraude se comprometiera a un cambio de conducta, lo demostrara y fuera aceptado nuevamente.

Fue este simple y vital descubrimiento el que me inspiró para diseñar el juego de lectoescritura abcdespañol, un método con Mención Especial en el Concurso Nacional de Ciencia de la Fundación Alejandro Ángel Escobar (1983). Sus logros en procesos de alfabetización de niños, jóvenes y adultos han sido reconocidos nacional e internacionalmente.

Desde entonces, he seguido explorando otro tipo de analfabetismos humanos, entre ellos la alexitimia, o analfabetismo emocional, la incapacidad de detectar las emociones propias. Esto a su vez me condujo a desarrollar una innovación en pleno desarrollo, que hoy quisiera compartir: Las cartas sobre la mesa: reflexiones sobre Ética- Estética- Educación, un juego para inducir la toma de conciencia sobre nuestra condición de seres inacabados, es decir, perfectibles.

¿Por qué un juego, si la ética es algo tan serio?  Porque si hay algo serio, es el juego. Los niños nos lo enseñan. El gran psicólogo Piaget lo señaló en su libro “La construcción del juicio moral en el niño”, un camino psicogenético que pasa por tres  estados: anomía / heteronomía / autonomía. Todos tienen igual sufijo: nomía, o sea, regla, norma…

Anomia es la ausencia de reglas, propia de los recién nacidos (y en nuestro medio, quizá de muchos jóvenes y adultos que desconocen  —o dicen ignorar— algunas reglas: “yo no sabía”, suelen decir).

Heteronomia es el origen externo de las reglas, ya sea en prédicas o en códigos escritos.

Autonomía o propio, porque autónoma es la persona que sabe que hay reglas, principios para convivir en sociedad; normas de origen interno… que no deben confundirse con caprichos personales o con anarquía. Tal persona tiene la claridad de percibir y de reconocer los derechos de los demás y los suyos propios (en una de las tarjetas de Las cartas sobre la mesa se descubrirá esta expresión de Pessoa: “La delicadeza íntima como vigilante de nuestra conciencia”).

Sin ir muy lejos, El principito nos recuerda que “todas las personas mayores han comenzado por ser niños”. La ética empieza a formarse en la niñez… y mucho antes, en el seno de familias y sociedades éticas. Un corrupto no se improvisa. Ahora, como adultos, podremos descubrir, a través del juego — una actividad sin tensiones y sin exámenes— la esencia de muchas actitudes, muchas de ellas inconscientes.

No es una prédica ni una conferencia magistral: es una metáfora de la conducta cotidiana. Sin censura, sin jueces externos, solamente participa esa sana sospecha sobre nosotros mismos, la misma que inspirará nuestra reinvención de cada día, el mirarnos con nuevos ojos, preguntándonos:

¿Soy la persona que veo en el espejo?

¿Soy la persona que me dicen que soy?

¿Soy la persona que creo que soy?

¿Soy la persona que sinceramente deseo ser?

Estas preguntas fueron formuladas por una adolescente argentina, y recuperadas por su maestra/educadora, quien las compartió para que reflexionemos en nuestro historial íntimo. ¿Qué  puede pasar cuando pensamos que pensamos? Cuando pensamos que pensamos reasumimos la reflexión sobre la forma de expresar nuestras ideas, o sea, el uso consciente del lenguaje: hablamos con nosotros mismos…

Veamos una tarjeta de Las cartas sobre la mesa. Los participantes descubrirán que hay un gráfico/logo que reúne cerebro-corazón-manos, cuya “lectura” corresponde a pensar-sentir-hacer. ¿Por qué esta secuencia? Luego sus interlocutores (nosotros/todos) reflexionaremos sobre el contenido del refrán “querer es poder” que hemos repetido desde la niñez, ahora analizado desde su connotación ética. ¿Es válido que se realice todo aquello que deseamos? ¿Cómo reconocemos que tal deseo tiene sentido y debe hacerse realidad?

No debo (ni deseo) romper el secreto del juego, pues sería como contar la película antes de su proyección. Este juego podría ser una herramienta para fomentar el liderazgo consciente, empezando porque señala las relaciones entre decir y hacer: iguales desde la gramática, pues ambos son verbos, pero diferentes  desde la ética. Tanto el acto de decir sin demostrar con el ejemplo como el hacer sin discernimiento indican la existencia de distorsión cognitiva, un discurso insustancial o un acto impulsivo.

En este momento —como ha ocurrido en sesiones anteriores— me vienen a la memoria otros “enlatados” que hemos aceptado como verdaderos sin analizar su contenido. Por ejemplo: “Árbol que crece torcido, nunca su tallo endereza”… Invito a los lectores a que piensen en ello… tómelo como una invitación a este juego.

El lenguaje articulado —propio del ser humano— no es solamente para disparar/trinar a través de un smartphone. El lenguaje articulado vincula razón y emoción, expresión o silencio, cuando las circunstancias lo ameritan. Hoy se habla de la “autorregulación” que, en líneas generales, es la capacidad de autoevaluarnos desde los deseos, convicciones, errores, aciertos… hasta la valoración objetiva de las consecuencias de diverso orden.

La ética no tiene horario ni exámenes con notas: se vive, es actitud, considerada como la forma personal, íntima, de enfrentar los hechos. Es una forma de asumir lo que pensamos. Su raíz y consolidación son educables.

Johan Huizinga, en su Homo Ludens, advierte: “La vida social es un inmenso juego…” y muy serio, con normas, principios y reglas. Cuando jugamos surgen la sensibilidad, la tolerancia, la colaboración. El juego es un entramado de empatía. J. Rifkin indica que cuando la gente se compromete en organizaciones fraternales, civiles, artísticas, religiosas, deportivas, medioambientales… se implica en un juego  altamente maduro.

El espacio/ tiempo del juego es una zona de distensión, un terreno de empatía (llevo 35 años continuos promoviendo el Juego de la lectoescritura y del pensamiento matemático y esto me ha confirmado el potencial ético del juego.

Este juego tiene un espacio y un tiempo. El tiempo puede programarse sin rigidez de cronómetro. El espacio para el taller lo dice su nombre “Cartas sobre la mesa”; sin olvidar que cada jugador trae en su cerebro, en su corazón y en sus manos un mapa histórico-vital, que deben plasmar  en un mapa socio-cultural-afectivo, con dos componentes: lo que son y lo que conocen. Porque, como afirma Ouspensky “cuando empezamos a entender el estado de nuestro ser, empezamos a aprender qué hacer con nosotros mismos”.