IDEAS

Son los encuadres y no los hechos: el mito de la sociedad post-fáctica

Una oportuna reflexión sobre la importancia de las palabras en épocas de liderazgos peligrosos.

Por Juliana Gonzalez*


Wehling también ha descubierto que mientras más conservadora es la mentalidad de un individuo, más impacto producen en su cerebro las metáforas o las palabras relacionadas con la pureza y el consiguiente rechazo a lo que destruya a la pureza.

En Colombia es muy común la expresión “no es lo que dijo, sino el tonito con el que lo dijo“, para referirse a una conversación que generó una molestia. Y si bien ‘el tonito’ importa, no es tan relevante como las palabras que escogemos para comunicarnos. Éstas, incluso, importan más que los hechos mismos. Esas palabras están cargadas de subtexto, de asociaciones dentro de nuestros marcos de referencia.

Este tema es parte de las investigaciones que hace cuarenta años inició Erving Goffmann bajo el rótulo de frame analysis, y que en los últimos meses han adquirido una mayor relevancia a partir de los estudios de Elisabeth Wehling sobre la llamada sociedad ‘post-fáctica’ en tiempos de fake news.

De acuerdo con Goffmann, los humanos tenemos dos encuadres primarios: uno natural y otro social. El primero compuesto por eventos reales que permite al interlocutor, en palabras del científico “ubicar, percibir, identificar y rotular un número infinito de acontecimientos concretos”. Este encuadre natural funciona como un automatismo. Está allí, invisible. Por su parte el encuadre social es el resultado de la escala de valores, los objetivos de los interlocutores y su trasfondo. Este encuadre tiene un elemento de manipulación incorporado, porque va definido por las metas que se traza quien los usa. El marco social se alimenta del marco natural, y dentro de este doble marco es que interpretamos, procesamos y comunicamos la información.

Elisabeth Wehling, una de las pocas analistas que anticipó el triunfo de Trump en Estados Unidos, por el uso impecable que hizo de sus encuadres frente a su electorado, analiza un ejemplo referente a los refugiados que llegaron a Europa huyendo de la guerra de Siria o de los conflictos en el Sáhel africano – qué también puede extrapolarse al caso de la llegada de los venezolanos a Colombia –:  el uso de la expresión ‘avalancha de refugiados’. Este juego de palabras nos genera automáticamente un encuadre.

La palabra avalancha está referida en la Real Academia de la Lengua como una masa grande que se desprende y se precipita. La avalancha no es un evento planeado, sobre el que puedan determinarse tiempos ni regular cantidades. Así las cosas, en este contexto se crea una asociación directa de la situación de los refugiados con un evento incontrolable de la naturaleza, que carece de la voluntad humana. Un concepto que aísla el elemento clave de que estamos hablando de seres humanos con emociones, vida, necesidades básicas, muy diferente a lo que arrastra a su paso una avalancha: lodo, agua, palos y piedras. Es así como los medios de comunicación o los políticos menos proclives a la migración, logran a través del uso de esta expresión deshumanizar el grupo de individuos. Y generan en el interlocutor la sensación de amenaza. Porque la noción de avalancha está cargada de un significado negativo.

Es decir, en el detalle de la escogencia de las palabras que describen un acontecimiento real, se transportan implicaciones, pasado histórico, connotaciones, a través de las cuáles se define esa realidad. No es una sumatoria de hechos ni de datos. El encuadre define el cómo pensar sobre una realidad. De nuevo, no son los datos lo que el público lee o recibe, es cómo esos datos se ajustan a sus encuadres preestablecidos.

La asociación de la avalancha humana (de refugiados, de mexicanos, de venezolanos) como amenaza a la seguridad e integridad de los habitantes europeos, estadounidenses o colombianos es sin duda uno de los grandes logros comunicacionales de los políticos ultra conservadores. Se genera miedo y disgusto. Y según las investigaciones de Wehling, la repulsión real (por un olor putrefacto, por ejemplo) y la que se genera en el encuadre del ejemplo encienden las mismas áreas del cerebro. Es decir, “el pensamiento es corporal”.

Asimismo, Wehling también ha descubierto que mientras más conservadora es la mentalidad de un individuo, más impacto producen en su cerebro las metáforas o las palabras relacionadas con la pureza y el consiguiente rechazo a lo que destruya a la pureza. De ahí que los discursos de la ultraderecha alrededor del mundo se construyan en torno a conceptos nacionalistas, puristas y proteccionistas (America first, la fortaleza Europa, la prensa mentirosa, la ideología de género) asociando hechos intimidantes con grupos humanos (negros, latinos, periodistas, líderes sociales) para de esta manera activar las mismas áreas del cerebro involucradas en sensaciones corporales desagradables o amenazantes.

Los encuadres o framing son inevitables. Sin ellos sería imposible generar un marco de comunicación. El quid de la discusión no está en lograr el anarquismo y eliminar la existencia de los encuadres. La falta de encuadres supondría que cada interlocutor separara con pinzas cada una de las palabras que componen cada una de las frases e intentara descargar de connotaciones los hechos, para eliminar la ideología de su forma de ver el mundo.  Irreal e impracticable. Una tarea parecida a encontrar la aguja en el pajar. Pero al reconocer la necesidad y la existencia de las asociaciones entre los eventos, y la intención de las palabras escogidas para contar el relato, se admite la transparencia.

La neutralidad es una ilusión. Mientras más transparentes sean los encuadres del emisario, más fácil los receptores podrán adherirse a él. No es un asunto meramente emocional ni tampoco objetivo. Cada encuadre contiene una escala de valores. Se trata más bien de saber escoger dentro de qué encuadre (visión del mundo, prioridades y trasfondo) se deberían dar las discusiones públicas, ya sea dentro de una organización política o una empresa privada. Es decir, los diferentes actores dentro de un grupo humano no solo determinan el qué (hechos, acontecimientos), sino también el cómo se habla de estos eventos.

Si no se puede vivir sin encuadres ¿qué nos queda? Bueno, nos queda mucho. Por un lado, tenemos la opción de hacer un uso consciente de nuestro lenguaje. ¿Qué cambio queremos alcanzar dentro de nuestra organización?, ¿A quién le estamos hablando? Reconocer nuestros propios encuadres nos permite escoger las palabras y las metáforas con las que queremos transportar nuestro mensaje. El error consiste en apañarse en el discurso de las mayorías porque es popular. El éxito radica en ser fiel a sí mismo. ¿Quiere una política de diversidad e inclusión social en su compañía? Use el encuadre, el vocabulario que indique eso. Los impactos de los líderes se logran siempre a través del uso que hacen de su marco de referencia. La negación no cambia las cosas, las pospone.

De esta manera los encuadres determinan también las formas de respuesta. Continuando con el ejemplo del encuadre detrás de ‘la avalancha de refugiados’, lo cierto es que las respuestas dentro de este marco están asociadas naturalmente a cómo detener ese alud. Es decir, en construir barreras, diques y barricadas, antes que en trazar puentes. En pocas palabras: cerrar fronteras. Mientras que un líder progresista hablará de humanos en necesidades, y apelará a la solidaridad, a una cultura de la apertura, y a encontrar soluciones humanitarias, que pongan fin al drama de los seres humanos que tuvieron que dejarlo todo huyendo de la guerra y de sus familias. Aquí se pondrían en marcha políticas públicas que mantengan el orden social, pero que abran espacios para integrar a los recién llegados a la nueva sociedad.

Y cuando parezca que los medios de comunicación y los políticos nos quieran mostrar un solo lado de la realidad, nos queda siempre Think out of the box. Los humanos tenemos la capacidad de moldear el lenguaje y de actuar para romper con los paradigmas de esos encuadres populares, pero caducos. La visión del mundo importa, la ideología se puede apoyar en los hechos, pero los hechos nunca explicarán completamente la realidad. Como lo decía Roland Barthes “el lenguaje nunca es inocente”.

*Peregrina y protagonista de muchas versiones de su propia vida. M.A. Políticas Públicas y M.A. Economía Internacional y de Desarrollo. Analista política de la cadena alemana Deutsche Welle. Twitter: @JuliGo4