PERSONAJES

Una orquesta es como una empresa y el director es su gerente

Para Cecilia Espinosa, la única colombiana que ha fundado y dirigido una sinfónica, darle orden a un grupo de músicos  requiere las maniobras de un líder positivo, como en las grandes compañías.

Por Mariana Escobar Roldán


Ilustración: Jorge Tukan

“La primera vez que fui a dirigir en la Sinfónica de Colombia me enteré de que los músicos estaban apostando porque el concierto se cayera. Primero me puse triste, pero luego me envalentoné. La mejor herramienta que uno tiene es el conocimiento”.

Cecilia Espinosa

Sobre el podio, batuta en mano, el director de una orquesta tiene un deber doble. Frente a sus músicos, por lo menos 60, tendrá que mantenerse firme, inequívoco, iluminado. Con maestría, indicará la entrada de las cuerdas, los vientos, la percusión. Batirá los brazos, inclinará la cabeza, dejará que sus ojos, sus mejillas y sus labios marquen el tiempo de la obra, el carácter y la esencia que quiso ponerle. A sus espaldas, decenas de oídos se deleitarán, se conmoverán o se enfurecerán. Medirán su talante, su precisión, su dominio y, con un suspiro y una ovación de aplausos, le harán saber al final que su música los tocó.

Antes, hubo semanas y hasta meses de preparación. Intensas jornadas de seleccionar y comprender la obra; de estudiarla, de reinterpretarla. Diálogos constantes con violines, violas y violonchelos. Lo mismo con las flautas, los clarinetes, las trompetas y los oboes. Entre ensayos, el director hizo que cada uno de sus músicos entendiera lo que deseaba proyectar en el escenario. Los guió  y les dio el ritmo y la fluidez que los convirtió en orquesta.

 Un director es, al fin y al cabo, un líder. Uno que funciona bajo un sistema no muy distinto al empresarial. Así lo cree Cecilia Espinosa, directora de la Orquesta Sinfónica de Eafit en Medellín, la única en Colombia que ha tenido una mujer, a ella, como titular desde el momento de su fundación.

Como en las compañías, en las orquestas se solía cree que el director hacía las veces de dictador: “se paraba frente a sus músicos, y aunque dijera o hiciera barbaridades, jamás podía estar equivocado. Había que hacer lo que él decía, recuerda Cecilia, haciendo alusión a esas empresas verticales de vieja usanza. 

La cosa cambió y continúa haciéndolo. Ahora, tanto el gerente como el director de orquesta necesitan las cualidades de un líder. “Así como se comanda una empresa, se dirige una orquesta. Entendimos que debemos escuchar a nuestros músicos, trabajar y delegar con las primeras partes, que son las que dan cuenta de cómo está el equipo. También hay tareas administrativas y de gestión. Es todo un sistema empresarial”, anota.

 

Antes de querer ser música, ¿se imaginó alguna vez como empresaria o como líder?

En mi casa todos estábamos muy orientados a las matemáticas. De hecho, para mi mamá y mi papá fue una gran decepción cuando abandoné la carrera de ingeniería administrativa y me dediqué por completo a la música. Pensaron que me iba a morir de hambre. De todas formas, estudiando esa primera carrera en la Universidad Nacional, en la que a propósito sólo éramos dos mujeres, yo sí notaba unas condiciones innatas de líder en mí que seguramente desarrollé después con la música.

¿Qué cosas ya daban pistas de su talento como líder?

Lo vi claro cuando los profesores pedían que hiciéramos grupos con ciertas funciones entre los miembros y yo siempre elegía guiar. Había una voluntad, eso lo lleva uno por dentro. Quería sacar cosas adelante y mostrar que era emprendedora.

¿Cree entonces que el liderazgo requiere sacrificios y pasión?

Obviamente. Es una condición fundamental. Para poder liderar algo uno tiene que estar comprometido, entregado y tener una fuerza adentro muy grande para no desfallecer. Porque no es fácil y el mundo de la música no es la excepción. Las condiciones no se dan, los apoyos tampoco, y echar el cuento para seguir es complicado.

¿De dónde brotó su pasión por la música? ¿Cómo justificaba esos sacrificios del comienzo?

Uno es músico, lo sabe adentro y no puede salvarse de eso. Es como si te pidieran que cambiaras el color de tus ojos ¡No es posible! A menos de que te hagas alguna cirugía extraña. Pero el músico lo tiene claro y quien lo logra desarrollar tiene una fortuna muy grande. Por suerte dejé la ingeniería y abracé lo que más amaba. Hay muchas personas que pueden ser mejores ingenieros que yo.

Casi todos los grandes líderes hablan de un maestro o guía. ¿Cuál fue el suyo?

Le agradezco mucho al compositor Rodolfo Pérez, gran amigo en este momento. Fue mi profesor y mi mentor. Fue quien me respaldó en un momento definitivo, cuando dije: voy a abandonar la música, no sé si sirvo para esto. Él fue la persona que más me fortaleció e inclusive, sin tener yo las herramientas, me consiguió el primer empleo de mi vida: profesora de música en unas escuelas populares que tenía la empresa Coltejer en barrios marginales de Medellín.

¿Había ya algunos referentes en la dirección de orquestas que le fueran mostrando lo que iba a necesitar para convertirse en directora?

Uno empieza a mirar muy tímidamente las personas que dirigen y uno ve esa profesión muy lejana porque, además, carga unos imaginarios muy complicados. Le dicen a uno: es que usted para ser director tiene que tocar todos los instrumentos. Mejor dicho, pararse en la cabeza y hacer ene mil vainas. Y pues sí, es complicado, pero tampoco es algo imposible para un ser un humano normal.

¿Entonces se requiere mucho más que genialidad para dirigir?

Hay que tener gran conocimiento porque cuando uno trabaja con cualquier agrupación, sea de niños, adolescentes o adultos, esas personas que uno tiene al frente no son bobas. Saben que el que los está liderando tiene que tener más conocimiento que ellos, o si no, se aburren y se van. Ser director es una profesión muy complicada. Es de percepción. Uno levanta la mano o da la primera seña y ya sabe si lo quieren o no. Ya sabe si lo van a seguir, si hay intolerancia, si hay aceptación.

¿Y qué la hizo decidir definitivamente entre interpretar un instrumento en una orquesta o ser directora?

Yo lo supe cuando me cansé de encerrarme todo el día conmigo misma y mi piano, con esas teclas blancas y negras, a estudiar las obras que quería aprender, a poner bolitas de un lado a otro para no aburrirme y saber cuántas veces repetía el pasaje. Yo con el piano, el piano conmigo, cinco o seis horas diarias. Eso no me satisfacía. En cambio, disfrutaba cuando hacía cosas de manera colectiva, como montar un coral. Así me di cuenta de que mi profesión era otra, de que mi misión era guiar, comunicar, presentar lo que yo concebía en la música.

Parece que el empresariado y la música comparten la inequidad de género. De las colombianas que están trabajando en empresas, solo el 7 % puede ubicarse en una posición directiva, mientras por la historia de la dirección de orquestas sinfónicas del país solo han pasado tres mujeres, incluida usted…

Cuando estudiaba música no pensaba “soy mujer sino “soy músico”. Más adelante, por el camino que escogí, el de la dirección, encontré la discriminación. Frené y me dije: a lo mejor sí importa que yo sea mujer y que inevitablemente tenga que competir con los hombres. Estamos hablando de Colombia, un país machista. Si me preguntas cuántas veces me llegan invitaciones de la capital, te digo que son contadas en los dedos de las manos. Solamente por allá, en marzo 7 u 8, me recuerdan.

¿Qué tendrá que suceder para romper esas brechas?

Sólo el tiempo, la inteligencia y que lo hagamos bien algunas de nosotras va a permitir que otras tantas lleguen a lo mismo. Nosotras estamos construyendo el camino para que otras lo pasen mejor. Pero en el entretanto, sigue siendo difícil.

¿Qué obstáculos le ha puesto esa inequidad a su liderazgo?

La primera vez que fui a dirigir en la Sinfónica de Colombia me enteré de que los músicos estaban apostando porque el concierto se cayera. Primero me puse triste, pero luego me envalentoné. La mejor herramienta que uno tiene es el conocimiento, es lo que no lo deja derrumbar a uno. Y esa fue mi estrategia: estar lo mejor preparada posible para no derrumbarme y para que ninguno de ellos ganara su apuesta. Al final, el concierto se hizo.

¿Y qué dice ahora su familia de su profesión, cuando su talento y liderazgo han hecho historia en el arte colombiano?

Ese respeto me lo gané hace muchísimo tiempo. Todas sus predicciones se derrumbaron y, afortunadamente, no me he muerto de hambre. Ante mi familia soy una persona importante, no por el reconocimiento, sino porque les demostré que cuando uno quiere las cosas y las lucha, las consigue. A veces la familia mata a los líderes, pero a veces, cuando les falta fuerza, los líderes también se dejan matar por sus familias.

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